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Por Tania Contreras

Suspiró, fue su último aliento antes de mirarse en los ojos de él y desaparecer.

Era una habitación vieja y húmeda, de las últimas construcciones antiguas que aún permanecían de pie y servían como hostal para algunos y como hogar para otros. Yo era una de esas personas que llevaba años entrando y saliendo de aquellos cuartos que no conocían de forma tácita la luz del sol, había perdido la cuenta de los meses que antecedieron mi penúltimo abandono.

La historia es sencilla e innecesaria, o necesaria y complicada, no lo sé en realidad, lo único que recuerdo es una escena dibujada por penumbras y un lugar conocido por mis recuerdos de infancia, mis manos sucias, rojas, tensas y temblorosas, a ti y a un tercero que parecía conocer a cada segundo lo que devenía en el siguiente, con un rostro inexpresivo, con la mirada seca, parecía juzgar mis movimientos y los tuyos. Huíamos, ¿recuerdas? Tomaste mi mano  y de un jalón separaste mis rodillas del piso, el sonido del metal cercenó el silencio y sus ojos solamente nos siguieron hasta perdernos en la oscuridad de la calle.

De pronto las calles se volvieron callejones, laberintos que al parecer conocías tan bien como los conocía yo, te pedí que te detuvieras varias veces pero tu mano que apretaba cada vez más fuerte la mía no me permitió parar ni un momento. La tierra se metió en mis zapatos y sentí la necesidad de obligarte a parar. Yo también tenía miedo, quise correr hasta no reconocer las construcciones que nos rodeaban, desaparecer en esa tierra, que nos ocultara de forma mágica y reaparecer lejos.

La adrenalina se apoderó de mis movimientos y los tuyos parecían más lentos, más firmes, más seguros; mientras caminábamos lloré, sé que nunca te diste cuenta de ello. De repente me dieron ganas de regresar, el arrepentimiento se mezclaba con la imagen viva que tenía de los ojos de aquél hombre, que en silencio solo contempló lo que hicimos; nos sabía juzgados, atrapados, condenados; sin embargo, no pude abandonar el paso, no pude abandonarte.

A lo lejos miraste una construcción abandonada, tan parecida a la que acabábamos de dejar atrás, que nuevamente los nervios me traicionaron y me paralicé; decidido a seguir soltaste mi mano para tomarme del brazo, tiraste de él mientras doblaba las piernas en forma de resistencia…cedí, nuevamente cedí.  Continuamos caminando a paso recio durante unos minutos, llegamos a aquella casa y permanecimos dentro, en silencio; por mi parte, trataba de tranquilizarme admirando los mosaicos que perdían continuidad debido a que algunos habían caído, intentaba descifrar el color de las paredes que fueron cubiertas por la hierba y los hongos, los pedazos de vidrio que reflejaban algunos rasgos del exterior fueron lo último que atrapó mi atención antes de quedarme dormida.

Por tu parte, recuerdo que caminabas de una esquina a otra con los ojos mirando el techo, parecías ansioso aunque  en realidad estabas tranquilo, o eso fue lo que al parecer dijiste; saliste por algunos minutos para buscar agua y al volver limpiaste mis manos, fue enseguida cuando dormí.

Aún era de noche cuando abrí los ojos y no te encontré.

Pasaron muchos meses, quizá dos o tres años, antes de que regresáramos a este lugar, tanto tú como yo, sabíamos que inmediatamente sabrían lo que hicimos y nos harían pagar por ello pero todo fue tan extraño, era como si el tiempo se hubiera detenido en aquella habitación; las manchas de sangre parecían frescas, el cuchillo seguía a un costado, oxidado y con una costra gruesa formada por la viscosidad de ese líquido rojo y el polvo que parecía haber encontrado el lugar idóneo para permanecer.

Nuevamente me tomaste de la mano pero esta vez fui yo quien te incitó a atravesar la puerta de la recepción, tan pronto entramos, la eterna mujer de cabello chino y canoso salió a recibirnos, sentí pánico e inmediatamente después sonreí como la primera vez que nos miramos a los ojos, esperaba un golpe certero y merecido pero no lo recibí, muy por el contrario, la anciana me rodeo la espalada y bendijo nuestro regreso.

Minutos después salió su esposo, un hombre cano pero lleno de energía que aún conservaba su postura recta, saludó de forma amable pero fría y prosiguió a llevarnos a la habitación de siempre; estando ahí la paranoia comenzó a nublarme la razón, escuchaba gritos, cientos de pasos que caminaban por fuera de las cuatro paredes de aquel cuartucho, esperaba que la puerta cayera derribada por la turba, miré el reloj y estaba a punto de amanecer, no me di cuenta del tiempo.

Fue un sábado que me atreví a preguntar lo que había sucedido, necesitaba cerciorarme de que en la historia no apareciéramos ni como espectadores y así fue, la explicación se resumió a un acto simple, cuando llegaron aquella tarde a casa, el cuerpo del niño estaba tirado, a un costado el cuchillo  y la sangre daba la impresión de cubrirlo todo, lo enterraron e intentaron olvidarlo pronto.

Yo también sigo intentando olvidar.

Aquel día que entré a la habitación te miré como nunca antes lo había hecho, me reconocí en tu rostro; estabas ahí en medio del cuarto, arrodillado frente a él, fue cuando entendí su silencio. Casi inmóviles los dos solo nos miramos a los ojos como tratando de entender y aceptar lo que estaba a punto de pasar.

Para esta ocasión especial preparé el arma y alcancé a disparar tres veces, una bala entró por tu cabeza y la otra atravesó el cuerpo de aquel hombre justo por su pecho. Esta vez no hubo sangre en mis manos ni metal que cayera al suelo; por primera vez no huimos y me recosté a esperar lo que nunca vimos, aquella historia que no conocíamos. De pronto giré la cabeza y no te encontré, se hacía de noche; busqué  a aquel hombre y cuando encontré sus ojos, desaparecí.

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