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Cordero, no

Francisco Ledesma

 

“Acuérdense de hace seis años” repiten los operadores políticos de Ernesto Cordero –el delfín de Felipe Calderón para sucederlo en el cargo-. Y la frase se rememora hasta el cansancio para hacer notar que Calderón no era el favorito en las encuestas internas del panismo, apuntaladas en gran medida porque el alfil foxista era su ex secretario de Gobernación Santiago Creel Miranda, hoy de nueva cuenta inmiscuido en la contienda interna de su partido.

 

En el escenario externo, el perredista Andrés Manuel López Obrador tenía una posición privilegiada en las encuestas electorales, a seis meses de los comicios presidenciales. En la última posición arrancaba Felipe Calderón, para remontar paulatinamente, primero al priísta Roberto Madrazo, y en la parte final al tabasqueño, derivado de la instrumentación de una guerra sucia que reditúo en el triunfo cerrado, y ampliamente cuestionado del panista en 2006.

 

Los corderistas pretenden equiparar esa elección, donde Calderón resultó primero triunfador de un proceso interno que se anticipaba adverso para su causa; y luego vencedor de una elección constitucional que arrancó cuesta arriba para su abanderado y hoy convertido en Presidente de la República. Y lo hacen sabedores de que las encuestas, las condiciones, las circunstancias y las coyunturas les son desfavorables a tan sólo unas semanas de la elección interna, que pone en la cima de las preferencias a Josefina Vázquez Mota.

 

Sin embargo, las condiciones no son siquiera cercanas para la causa de Ernesto Cordero, quien hace menos de un sexenio se afilió a las filas panistas; situación sin parangón en el caso de Calderón que nació siendo panista, desde joven junto a su padre, pintó bardas, asistió a mítines e hizo campaña en circunstancias de hostigamiento, y donde prevalecía la lógica de un partido hegemónico y omnímodo. Es decir, el grado de identificación entre los panistas y el calderonismo fue único, y no puede trasladarse a su delfín político, aún con todo el apoyo del aparato gubernamental de su lado.

 

Calderón, antes de emprender la aventura por la candidatura presidencial, tuvo trabajo de partido como pocos. Fue presidente nacional del PAN, con el cobijo de su mentor político Carlos Castillo Peraza. Años más tarde, se convirtió en líder de la bancada del PAN en San Lázaro, en el 2000 cuando el panismo de la mano del efecto Fox arribaba al poder presidencial.

 

Ahí, Calderón hizo amarres y forjó a su grupo político. Fue en esa experiencia parlamentaria donde conoció a Juan Camilo Mouriño, César Nava, Germán Martínez. Desde ese entonces, los calderonistas, a los que más tarde su sumarían Max Cortázar, Juan Ignacio Zavala y Javier Lozano, trazaron la ruta de su proyecto presidencial, que hoy pretenden perpetuar otro sexenio en la figura poco carismática de Ernesto Cordero.

 

Frente a los hechos, Cordero carece de ascendencia partidista. Tener plena identificación de la militancia no basta con sentirse orgulloso y defensor incansable de los gobiernos de Fox y Calderón como lo expuso en el debate entre panistas. Su paso por la secretaría de Hacienda no se entiende del todo para las clases populares. Asumirse como el piloto de la economía cuando se enfrentó la peor de las turbulencias, ya sea por efectos internacionales o por el marasmo del mercado interno, no parece la mejor estrategia para convencer.

 

Ernesto desconoce lo que es una elección. Calderón, antes de ser Presidente de México, es cierto, nunca había ganada algo. Pero desde muy joven supo lo que era enfrentar las urnas en su natal Michoacán, donde al igual que su hermana Luisa María, salió derrotado pero con votaciones que entonces resultaban históricas para la derecha mexicana, en una tierra dominada por el cardenismo, y donde el PRI lo ganaba absolutamente todo.

 

En el imaginario colectivo, las encuestas electorales han asestado un duro golpe al ex secretario de Hacienda, al hacer notar la ventaja envidiable de Josefina Vázquez Mota sobre Cordero y Creel. Los ejercicios estadísticos de las últimas semanas demuestran que si el PAN busca ser competitivo en los comicios de julio, la mejor posicionada y con posibilidades de mayor crecimiento es la ex secretaria de Educación, y no es sólo una cuestión de género sino de imagen pública, de marketing político y branding personal.

 

El calderonismo parece ser víctima de sus propios errores. El dedazo ha funcionado mal durante su gobierno. Los casos de Germán Martínez y César Nava a la cabeza del panismo demostraron que la militancia se siente agraviada frente a la intervención ofensiva que pretende Calderón sobre el partido. Pensar que las cosas así funcionan correctamente, porque así se construyeron en el priísmo resulta un error de origen. Porque en esencia, el PAN surgió para combatir esas prácticas caciquiles, y la militancia dura y doctrinaria se opone a ese tipo de acciones y omisiones posibles.

 

Bajo esa lógica, no es irracional, que la militancia panista podría cobrarle factura a Calderón y su delfín político, desarraigado de toda identidad panista.

 

Cordero pide tener memoria de la hazaña calderonista. Pero en ese mismo recuento, Cordero sale perdiendo. Porque hace seis años, los panistas demostraron estar en contra de la “cargada” que sigilosamente alentaba el foxismo a favor de Santiago Creel. Y esa misma militancia, también demostró que está a favor de quienes son panistas de cepa, y en esa circunstancia Ernesto es el menos azul de los aspirantes.

 

La tenebra

 

La encuestitis nos alcanzó. Y ahora los partidos se inclinan por la popularidad, por encima de las trayectorias, las militancias y los proyectos. Bendita democracia nos tocó vivir.

 

 

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