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El candidato perdido

 

Francisco Ledesma

 

El candidato que eligió Felipe Calderón para sucederlo en el cargo de Presidente de México se esfumó el trágico 4 de noviembre de 2008, tras la muerte intempestiva de su entonces secretario de Gobernación Juan Camilo Mouriño, un amigo entrañable de la familia Calderón, un hombre de toda su confianza, el delfín nato del calderonismo, y hasta antes de su deceso, el poder detrás de la figura presidencial por su paso en la Oficina de la Presidencia, y posteriormente en el despacho interno de Bucareli.

Manchado en su imagen pública en los últimos meses de vida, Mouriño fue señalado como benefaciario de contratos millonarios otorgados por PEMEX a su emporio familiar, cuyas licitaciones coincidían con la gestión de Felipe Calderón –su mentor político- en la secretaría de Energía. La trama de complicidades incluía al círculo rojo del hoy presidente, entre hombres de su grupo político como Germán Martínez, César Nava y Ernesto Cordero Arroyo. La muerte de Juan Camilio acabó con el karma de acusaciones, pero también fulminó el proyecto sucesorio planteado por Calderón desde el inicio de su gobierno.

Desde entonces, Calderón deambuló en la búsqueda de una estrategia que le garantizara la preservación del poder para su partido, o evitar a toda costa el regreso del PRI a Los Pinos, y más aún de la mano de Enrique Peña Nieto, símbolo del Grupo Atlacomulco. El presidente Calderón jugó al interior de su propio gabinete un azaroso camino para decidir quién sería el candidato del panismo para pelear por la elección presidencial de 2012.

Con gran nostalgia, en el recuento de daños de su gobierno cuando cumplió cinco años de mandato, Felipe Calderón recordó a Mouriño, de quien reconoció que no era mexicano de nacimiento, pero que tenía sus derechos a salvo, argucia legal que le permitió nombrarlo secretario de Estado. El propio Calderón confesó la legítima aspiración de Mouriño para convertirse en Presidente de México, con el reflejo en la mirada de que esa, era la carta fuerte del PAN para el 2012. Pero el destino jugó en su contra.

Hacia el 2011, el calderonismo no encontró un alfil igual de confiable, poderoso e influyente al interior de su gabinete que pudiera hacer frente a la tempestad electoral que desafía al panismo desde los comicios de 2009, cuando la debacle se convirtió en catástrofe, y obligó a Calderón a pactar con los Chuchos las famosas alianzas opositoras y obstaculizar el avance ascendente del priísmo, que sigue en la punta de las encuestas, medido como partido, y validado por el aspirante presidencial que encabeza las preferencias.

En la ruta sucesoria, Calderón dio señales favorables al hasta hoy secretario de Educación, Alonso Lujambio –aquejado por una enfermedad-, pero que en corto tiempo intentó demostrar su genética panista para validar su legítima lucha por convertirse en el candidato albiazul a la Presidencia de México. Desde su posición, se congració con la temible líder magisterial Elba Esther Gordillo, y su formación itamita daba muestras positivas para la tecnocracia instalada en el poder político desde hace más de tres décadas.

En ese camino, muchos daban datos sobre la cercanía entre Heriberto Félix Guerra –secretario de Desarrollo Social- con Felipe Calderón. Una historia de familias entrelazadas por la militancia, la amistad, y el deseo democrático de que el PAN prevaleciera en el empoderamiento político del que goza desde el año 2000. El funcionario federal se bajó del barco con un tiempo anticipado.

Sin embargo, la decisión presidencial se decantó a favor de otra figura egresada del ITAM, su entonces secretario de Hacienda, Ernesto Cordero, amigo personal de Calderón, pero sobre todo colaborador íntimo de Mouriño. La candidatura a favor de Cordero no fue por su carisma, ni por su destreza oratoria, tampoco por su abolengo panista, ni mucho menos por su efectividad electoral o su aceptación entre las bases partidistas. Nada de eso estuvo en el juego de la sucesión, ni existieron esas consideraciones en la balanza final.

Lo que favoreció a Ernesto Cordero fue la sólida relación que forjó al lado de Juan Camilo, y la amistad que hasta hoy cosecha el ex secretario de Desarrollo Social con los deudos de Mouriño. Cordero, carente de ese liderazgo político o la imagen de mercado que exigen las elecciones modernas, está de cara a una imposición presidencial que se avizora inviable frente a las fuerzas vivas del panismo, que prefieren a Josefina Vázquez Mota, según lo muestran y lo confirman las firmas encuestadoras que hacen su agosto en diciembre.

Hoy, a seis meses y ocho días de la elección, Cordero no levantó expectativas mínimas. La cargada panista que juega a su favor, lo hace por inercia o por encargo, pero difícilmente por convencimiento y convicción. En el fondo, parece que Calderón, obligado por las circunstancias y las encuestas que le muestran semana a semana, dará un viraje sobre su proyecto sucesorio que catapulte a Josefina Vázquez Mota, hasta hoy la precandidata más cuidada en las opiniones de los columnistas, y las notas de los medios electrónicos.

Desde el escenario electoral, permeado por poderes fácticos, parece que Calderón ha blindado a Josefina de los ataques en contra de su gobierno, le permite incluso desmarcarse de su mandato. La misión de Cordero parece ser boxística, para restar puntos al priísta a vencer, instalado en la punta del Iceberg que ya muestra signos de vulnerabilidad. Y Josefina parece ser aquel remplazo de Mouriño, una muerte que Calderón aún no logra superar.

La tenebra

Las encuestas no son la panacea de las elecciones. Pero 20 puntos de los ejercicios de muestreo se dicen indecisos u ocultan su voto. Por eso no hay triunfo garantizado en el escenario por delante.

Esta es la última entrega del año. Felices fiestas, y nos leemos el 6 de Enero.

 

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