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La guerra que viene   Francisco Ledesma  

El presidente Felipe Calderón abrió el fuego. La declaración –no casual, ni fortuita- que dejó abierta la posibilidad de que en el PRI permea la posibilidad de negociar con el “narco” para restablecer el orden público, es muestra de lo que se avecina en un año inminentemente electoral. La descalificación permanente entre los partidos políticos por ascender al poder público. Desde diversas trincheras, ya se ven venir en los discursos, los mísiles electorales.

 

En el marco de la guerra contra el narco, el calderonismo parece inscribir la guerra sucia. El crecimiento del crimen organizado será atribuido a los gobiernos priístas. La corrupción como síntoma de sus administraciones. El manejo discrecional de los recursos. La opacidad en sus políticas públicas. Y endeudamientos que parecen insostenibles, frente a un panorama económico desolador. El PAN, que en cada guerra sucia que instrumenta, toca por nota.

 

El juego del terror. De la necesidad de “sacar al PRI de Los Pinos” han pasado al “Peligro para México” que significaba López Obrador. Y en menos de doce años, se respira el inicio de una nueva batalla. El crimen y la deuda. Sea quien sea el candidato panista. Cordero, Josefina o Creel deberán seguir el guión prescrito. La mercadotecnia que reemplaza a la propuesta. El producto que sustituye al candidato. Y las marcas que suplantan a las ideas.

 

La de 2012, será remembranza del escenario devastador de 2009, que arrinconó al panismo. Año aciago donde perdieron tan sólo en el Estado de México el “corredor azul” municipios como Naucalpan, Tlalnepantla, Atizapán, Cuautitlán Izcalli y Toluca. El discurso de la guerra, será la bandera que defiendan los gobiernos panistas. La debacle económica será un arma que jugará en contra del calderonato y su partido. El PRI al acecho de su propia guerra: la pérdida de empleos, la inseguridad y las promesas incumplidas.

 

El desprestigio panista acumulado en once años, parece ser la estrategia idónea para que la estructura priísta funcione, para que su maquinaria trabaje unida, y regrese a la Presidencia de la República al partido hegemónico, que dominaba el espectro político, bajo las circunstancias del poder unívoco. El PRI y sus mismas formas y prácticas, parecen instalarse en la nostalgia de un partido autoritario pero con la estabilidad que hoy se siente arrebatada en cada rincón. Un panismo que ha dejado un desencanto pronunciado e irremediable.

 

Sea quien sea el candidato del PRI, el escenario económico es la “deuda” más sentida en el actual sexenio. Víctima o no de una crisis internacional, lo cierto es que lo que tanto presumió el PAN en la campaña de 2006 –ensimismada por la estabilidad macroeconómica- hizo añicos en la crisis de 2009. La falta de empleo, la inflación, las cifras de pobreza y los nuevos impuestos –implanados en el sexenio- que serán adjudicados al calderonismo.

 

En la apuesta del PAN, conviene que la contienda electoral se bipartidice entre el candidato oficial y el abanderado priísta. Desaparecer de la competencia al aspirante de la izquierda. En la medida en que la competencia se instale en dos, el PAN estará en posibilidades de conservar el poder otro sexenio.

 

Frente a la dificultad que tienen sus precandidatos por ascender en la escalera electoral, su panorama es cerrar la elección a la paradoja de la alternancia, o regresar a un pasado que pintarán como catastrófico. En el partido a partido, aunque parten en desventaja, el aspirante del PRI es tan conocido, y está tan arriba, que su futuro en lo inmediato es descender en el tobogán de la popularidad electoral. El desgaste del día a día será su gran reto.

 

En el escenario del PRI, está contar con un candidato como López Obrador, con una estructura electoral sólida y definida, lo que hace que su decisión del voto no sea volátil, y por tanto no modifique ante un escenario de “guerra sucia”. Con una preferencia electoral ampliamente dividida en tres fuerzas políticas, el margen de maniobra priísta posibilita incrementar su ventaja en el espectro proselitista, que actualmente le otorga las encuestas.

 

El PRD por su parte, tiene complejidades para insertarse en la campaña electoral. En el escenario de que López Obrador fuera candidato, sus negativos son tan amplios, que difícilmente podría crecer para hacer frente a la popularidad de Peña Nieto. O bien, en la paradoja, López Obrador es un candidato tan conocido, que es muy complicado ganar adeptos, cosa contraria a personajes como Cordero o Vázquez Mota, cuyos negativos son mínimos.

 

Para Marcelo Ebrard, obtener la candidatura de la izquierda es una osadía. En cada intento por ganar un voto afuera del PRD, pierde tres en su propio partido, por sus semejanzas con un candidato telegénico y frívolo, popular y entregado a los poderes fácticos en su afán de crecer en las encuestas. Cuando se muestra como un candidato amable y positivo para el electorado abierto, pierde agigantadamente las preferencias –pocas- que contaba en la izquierda.

 

La guerra electoral ha comenzado. Y los mísiles electorales avizoran de todo para ganar en los comicios: intervención de llamadas, filtración de documentos, videoescándalos, clientelismo electoral, una batalla encarnizada en Internet –carente hasta ahora de regulación- y una cruenta lucha de discursos, de promesas, y votos que con-vencer.

 

La tenebra

 

Alfredo del Mazo Maza estuvo en San Lázaro. Mostró oficio político. Sin duda, le gusta la labor legislativa, y el cabildeo que desde ahí se ejerce. Quienes saben del negocio, lo avizoran como sucesor de Alfonso Navarrete o de la perredista Yeidckol Polevnsky. Diputado Federal o Senador, ahí está el dilema.

 

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