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Montiel vs Peña Nieto   Por Francisco Ledesma

 

Hace seis años, la campaña de Enrique Peña Nieto se encontraba en la recta final con una ventaja que representaba holgura, una oposición desplomada –algunos refieren que en una victoria pactada frente al ex priísta Rubén Mendoza Ayala que tiró la toalla-; y un gobernador saliente –Arturo Montiel- que aparecía en la antesala de la candidatura presidencial del PRI rumbo a los comicios de 2006, y la cual dependía del éxito de su delfín Peña Nieto.

 

En ese lapso de la historia, el PRI había enfrentado dificultades electorales inéditas. En los comicios de 2000 perdió en las urnas la mayoría de la Cámara de Diputados local. A lo largo del sexenio montielista, se consolidó en las urnas la conformación del corredor azul –Naucalpan, Tlalnepantla, Atizapán, Toluca- y del cinturón amarillo –Nezahualcóyotl, Chalco, Valle de Chalco, Texcoco-.

 

Al arranque de las campañas electorales, Rubén Mendoza –símbolo del neopanismo mexiquense corruptor y corruptible- se encontraba a la cabeza de las preferencias electorales. El priísta Enrique Peña Nieto no sólo arrancaba en segundo lugar; al interior de su partido era el precandidato menos conocido, frente a la imagen abrumadora del entonces dirigente Isidro Pastor Medrano.

 

El PRI gobernaba poco más de 50 ayuntamientos –principalmente los rurales-. Fue la primera elección de Gobernador que enfrentó el Estado de México luego de la derrota del año 2000 cuando el priísmo abandonó Los Pinos, y entendió una nueva lógica de liderazgos políticos –los llamados virreinatos que hoy constituyen los gobernadores priístas-. La circunstancia en general era complicada, y hasta cierta medida, era adversa para Montiel y su partido.

 

No obstante, Montiel era un experto en operación política y movilización electoral. Fue dos veces presidente estatal del PRI, coordinó la campaña de Emilio Chuayffet a la postre gobernador en 1993; y fue su propio estratega en la elección de 1999. En 2005, no fue la excepción, en 18 años pues, fue el diagramador de la maquinaria priísta que triunfó pese a los avatares.

 

No sólo eso, en 2005 una elección sin el gobierno federal de su lado; y con una estructura priísta altamente vulnerable por los ayuntamientos perdidos desde 1997. Pero valió más su interés político por convertirse en Presidente de la República, y ganar adeptos al interior del priísmo, con lo que logró que su candidato Enrique Peña ganara en 2005 con una diferencia de 2 a 1.

 

Hoy, el panorama que tiene frente a sí Peña Nieto parece más alentador para sus intereses personales, de grupo y de partido. Sin embargo, eso lo obliga a obtener resultados iguales o mejores a los conseguidos por Montiel hace seis años y que favorecieron a su candidato, hoy gobernador de la entidad, y precandidato presidencial –aunque en público su discurso recatado lo niegue-.

 

Peña Nieto cuenta con 97 ayuntamientos priístas. Casi el doble de los que tuvo Montiel en su momento. Una maquinaria electoral que corresponde a esa fortaleza en los municipios que recuperó en los comicios de 2009. En contraparte, la oposición quedó borrada de los antes corredor azul y cinturón amarillo, y enfrentan por separado la dificultad de armar sus estructuras de promotores del voto y representantes de casilla.

 

A diferencia del ayer, las preferencias electorales de su delfín Eruviel Ávila arrancó en la punta de las encuestas pero con el severo riesgo de que éste descienda y en un fenómeno de la física –donde a toda acción corresponde una reacción- generar un incremento de la intención del voto de la oposición.

 

Hace seis años, la pareja presidencial de Vicente Fox y  Marta Sahagún tenían un intervencionismo real a favor de Rubén Mendoza. Los niveles de aceptación del foxismo eran muy positivos. Hoy, Calderón ha dejado en el abandono a Bravo Mena, y el descrédito del calderonismo entre la opinión pública es innegable. Lo que haga o deje de hacer el panista es responsabilidad propia.

 

En 2005, López Obrador se encontraba a la cabeza de todas las preferencias electorales rumbo a los comicios de 2006. Sin embargo, ese liderazgo político y carisma social, no se pudo reflejar en las urnas mexiquenses a favor de su candidata, la hoy senadora Yeidckol Polevnsky.

 

Hoy Peña Nieto se encuentra a la cabeza de todas las encuestas presidenciales, y resulta una obligación que eso se refleje en la elección del Estado de México a favor de su candidato Eruviel Ávila, aunque se insista en que no era su carta original, pero que al final de la historia debe garantizar su triunfo electoral.

 

Es decir, Enrique Peña debe obtener para Eruviel Ávila un triunfo semejante que le otorgue una ventaja de 2 a 1. Lo anterior se traduce en 50 por ciento de los votos para el PRI. Y en los casos de PRD y PAN repartirse en dividendos iguales el restante 50 por ciento o menos de los sufragios efectivos emitidos.

 

Un resultado en el cual -en política todo es posible-, Encinas apriete el paso y reduzca la ventaja a 10 puntos o menos, sería altamente cuestionable para el liderazgo político de Peña Nieto, sobre todo de sus adversarios al interior del PRI en la carrera presidencial: Manlio Fabio Beltrones y Beatriz Paredes.

 

Si la victoria de Eruviel Ávila se reduce a 5 puntos o menos, en números políticos se traducirá en una derrota para Peña Nieto y sus aspiraciones presidenciales. ¿Por qué? Por todas las circunstancias favorables que tiene para la estructura de su partido, y que en teoría no debería desaprovechar.

 

La tenebra

 

Si algún candidato pretendía lucrar en lo deportivo con los Diablos Rojos del Toluca esa posibilidad se frustró cuando Sinha y “el leñador” Edgar Dueñas dieron positivo en la prueba del doping, por presentar altos niveles de clembuterol en la sangre, y todo por comerse un pollito. El colmo, Dueñas encabeza la campaña contra las drogas en el Estado de México.

 

 

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