Francisco Ledesma / El despeñadero de Alito
El espectáculo
protagonizado por Alejandro Moreno en el Senado de la República dibuja de cuerpo
entero la dirigencia nacional del otrora partido hegemónico que hoy padece de
la mayor defenestración electoral de su historia. No resulta casualidad que ha
perdido sistemáticamente comicios estatales, como nunca antes, en los últimos
siete años y su única justificante es culpar a los gobernadores priístas de traidores
y haber entregado la plaza electoral.
Alejandro Moreno se
queja de que Gerardo Fernández Noroña silencia las voces opositoras al régimen
morenista, cuando el dirigente nacional priísta ha sido especialista en acallar
las voces de su partido que no le son afines.
La pérdida de control no
sólo ha sido en la tribuna senatorial, Alito ha perdido el poder de un partido
que está reducido, agazapado y sin capacidad de reacción hacia el futuro
inmediato. Desde su liderazgo, los priístas no tienen las mejores expectativas,
y la desbandada podría multiplicarse hacia otras opciones electorales como el PVEM,
MC, PAN, y por supuesto, en Morena.
La respuesta de
Alejandro Moreno ha sido refugiarse en quienes aplauden sus decisiones y le
deben lealtad absoluta. Ahí junto a Carolina Viggiano, Rubén Moreira, Manuel
Añorve y Cristina Ruiz, donde se siente cómodo y complacido.
A pesar de la debacle
sin fondo, los liderazgos priístas -incluidos esos de siempre- han abandonado a
su partido. Les resulta más sencillo cambiarse de partido, antes que confrontar
una dirigencia que se dirige a un des-peña-dero sin salida. Prefieren claudicar
por encima de reorganizarse y reconstruirse.
El PRI camina sin
estrategia clara. Para el caso del Estado de México, habrá que ser valiente
para asumir el riesgo de convertirse en dirigente de los comités municipales
que deberán renovarse antes de que concluya el 2025. Un partido acostumbrado a
administrar posiciones electorales, pero desde el ejercicio del poder e incapaz
de asumir su condición opositora de los últimos años.
Para el 2027, ya no será
atractivo ser candidato por el priísmo, porque será un cheque en blanco hacia
la derrota. Quienes dirigen hoy el PRI mexiquense ya se han repartido
anticipadamente las candidaturas plurinominales, para no perder en las urnas de
forma estrepitosa como le pasó a la mayoría en 2024, y que el partido funcione
lo necesario para beneficiar a las cúpulas de un partido em-peña-do en defender
las bravuconadas de su presidente nacional.
El PRI asume que ser
oposición es pelearse en tribuna, autoflagelarse pese al desprestigio personal
de su presidente nacional y cegarse de la ausencia de ascendencia política de
sus liderazgos estatales -en el que se incluye su dirigente mexiquense y su coordinador
en la legislatura local-. La falta de autocrítica que tanto acusan por parte del
gobierno federal morenista, les espejea en el Salón Presidentes de la sede nacional
de su partido, en el edificio de Insurgentes Norte.
Alejandro Moreno se sueña
en la boleta electoral de 2030. Mientras que Cristina Ruiz anhela verse en la
boleta de 2029. Al paso que van, y con el ejercicio de poder que han demostrado,
es muy probable que lo consigan. Sin embargo, serían ambas, una mera
candidatura testimonial como la de los partidos satélite que el priísmo alimentaba
en las décadas de los ochenta y noventa.
Lo demostrado en los
últimos siete años del priísmo nacional, dista mucho de ser la oposición que
sus electores esperan de un partido que construya un contrapeso ideológico,
político e institucional, y no uno convertido en pugilista que combata a
empujones al partido y a la clase gobernante en el poder. Porque como boxeador,
Alito salió tan malo, como dirigente de partido.
La tenebra
¿Cuál de los diputados
federales o locales o de los integrantes del gabinete priísta mexiquense serían
capaces de ganar una elección en sus municipios? Ese es el tamaño de su
ascendencia política.